17/12/2022 a las 10:16

CET


Los abrumadores datos de audiencia y la ausencia de reivindicaciones sobre el terreno constatan la victoria de la política de censura de FIFA y de la dictadura frente a la denuncia de las carencias democráticas del emirato

Como un grito mutilado por la afonía, desgastado por la erosión del tiempo, el Mundial de Qatar dejó hace ya días de ser el de la vergüenza y ha acabado por ser solo un torneo de fútbol más. Bueno, no uno más. Sería injusto no reconocer que el que este domingo finaliza es el mejor Mundial de la historia en varios aspectos, pero fundamentalmente en el organizativo. El reto de concentrar a 32 equipos, con sus respectivas 32 aficiones, en una misma área metropolitana ha resultado un éxito incontestable de la dictadura qatarí. Una realidad a una connivente propia FIFA, respondiendo mediante la censura a la ola de las denuncias recibidas, ha contribuido activamente. Y con orgullo, según se desprende de las manifestaciones públicas de su presidente, Gianni Infantino.

El éxito de Qatar es la constatación de un presunto boicot que nunca fue. El pisoteo a los Derechos Humanos, la indisimulada homofobia, el desprecio medioambiental y el resto de inaceptables taras democráticas de la dictadura qatarí se han ido difuminando en la agenda pública para acabar cediendo todo el foco al balón con el que Argentina y Francia buscarán la gloria este domingo en el estadio Lusail.

Los datos de las audiencias televisivas demuestran que no solo no ha habido boicot a este Mundial, sino a que ha sido el más consumido de la historia. Según las cifras aportadas este viernes por la FIFA, los 62 partidos disputados hasta ahora han acumulado una audiencia de 3.270 millones de personas, superando los 3.070 de los 64 partidos (incluyendo final y tercer y cuarto puesto) de la edición celebrada en Rusia hace cuatro años.

Emisión más vista

En España, la eliminación a manos de Marruecos de la selección de Luis Enrique fue vista por 12,6 millones de personas (70% de ‘share’), en un partido disputado un martes a una hora poco amigable para la televisión, entre las cuatro y las siete de la tarde. Es el espacio más visto en televisión en todo 2022. El España-Alemania de la primera fase fue visto por 11,2 millones de españoles, el de Costa Rica se fue a los 10,8 millones y el de Japón a los 9,7.

De hecho, el Mundial ha servido para evitar que La1, cadena en abierto que ha emitido todos los partidos de España y un total de 19, cierre el peor año de audiencia de su historia. Que el propio ente público haya invertido 35 millones de euros, una cantidad que las cadenas privadas entendieron fuera de mercado, en este paquete de partidos da muestras de hasta qué punto el evento ha sido tratado con una normalidad de la que debería haber carecido.

El emir de Qatar, Tamim bin Hamad al Thani, y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino | Tom Weller/dpa

Estadios llenos

Lo mismo ha ocurrido sobre el terreno. Los estadios han estado prácticamente llenos en todos los partidos y las calles de Doha han sido un continuo hervidero de aficionados, especialmente llegados de Latinoamérica y de países árabes como Marruecos y Arabia Saudí. La presencia de europeos ha sido inferior a la de otros Mundiales, pero no se puede obviar que esta edición se ha celebrado en noviembre y diciembre, periodos no vacacionales, y que tanto el viaje como las pernoctaciones eran lujos que no estaban al alcance de cualquier bolsillo.

Más allá del espontáneo que apareció en el Portugal-Marruecos con una bandera arcoíris por la paz y mensajes en favor de Ucrania y de las mujeres iraníes, las reivindicaciones de corte social y político no han existido en el Mundial. No ha habido manifestaciones en las calles (están prohibidas por ley) ni gestos de protesta contundentes, más allá de algún mensaje aislado. Tampoco, todo quede dicho, ha habido incidentes ni en los estadios ni en los espacios públicos, unos de los puntos más positivos del campeonato.

El brazalete censurado

Los propios futbolistas también han pasado de puntillas por todo lo que envolvía a la celebración del torneo. El Mundial arrancó con el deseo de siete selecciones europeas de portar el brazalete de ‘One Love’ en defensa de los derechos de las personas LGTBI, pero FIFA cortó de raíz el movimiento, amenazando con sanciones disciplinarias, y entonces, con apenas una foto protesta de Alemania llevándose la mano a la boca, murió la reivindicación. A jugar a fútbol y a otra cosa, aunque bien se podrá decir que al menos lo intentaron. No como España. También es de destacar el gesto de los jugadores de Irán de no cantar el himno de su país en el primer partido que disputaron frente a Inglaterra, si bien la reivindicación era contra su propio gobierno, no contra Qatar.

Mención aparte merecen los centenares de ex futbolistas que han participado de la fiesta, como comentaristas televisivos, invitados por la FIFA o en otro tipo de eventos, contribuyendo al blanqueamiento del régimen qatarí. La lista es tan inmensa, desde Kempes hasta Casillas, pasando por Stoichkov o Ronaldinho, que se podría llenar más de una página de periódico solo con sus nombres.

Leyendas de la FIFA en un amistoso propagandístico celebrado durante el Mundial. | NOUSHAD THEKKAYIL

Inversión desmesurada

El recuerdo que quedará, en definitiva, es que Qatar ha sabido celebrar un Mundial con formato de Juegos Olímpicos con una eficiencia asombrosa, fruto también su desproporcionada inversión económica en el evento, convirtiendo el país durante un mes en un inmenso parque temático del fútbol, en un perfecto ‘Show de Truman’ para futboleros.

Una taxista nepalí predecía este jueves que esta Copa del Mundo servirá para que haya un mayor aperturismo en el país en los próximos meses y años. «En Europa estáis muchos años por delante, pero ahora Qatar va a acelerar para alcanzaros», afirmaba con ilusión. Los precedentes con otras dictaduras que acogieron grandes eventos deportivos no son demasiado halagüeños. Habrá que verlo.





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