17/12/2022 a las 23:31

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El tramo americano de la gira ‘El vicio de cantar’ puso de manifiesto el fuerte vínculo emocional de Serrat con la región

Las canciones de Joan Manuel Serrat han sido parte de la banda sonora latinoamericana desde los 70. Un artefacto de la educación sentimental de distintas generaciones. Un santo y seña entre padres e hijos. Los conciertos en la región de ‘El vicio de cantar’, la gira de despedida que lo llevó por ArgentinaMéxicoChilePerúVenezuelaColombia Uruguay, entre otros países, pusieron de manifiesto la intensa relación familiar que se ha establecido con esa voz, ese cuerpo, y, ante todo, un repertorio que ha desafiado todas las formas del anacronismo al que la era digital ha sometido a la música.

Las reacciones se repitieron en todas las ciudades que ha visitado: ovaciones interminables y los gritos de «otra, otra», una canción más, como si, de esa manera, se hubiera podido compensar el silencio que se avecinaba. «Durante dos horas y media Serrat recreó todos los hechizos», dijo el diario Página 12 sobre la presentación en Buenos Aires. El público, añadió, hizo «lo posible por estirar su última noche«. Al pasar por Lima se tomó en broma su propio dolor por la partida. «Sé que es difícil, pero piensen que, de ahora en adelante, solo nos queda futuro». Y en una Caracas arruinada llamó a no tomar su adiós «con melancolía ni nostalgia».

Nadie se olvidará de él porque ha deslizado la promesa de nuevos discos. Si así no sucediera, ¿quién podría dejar de recordar Cantares, Mediterráneo, Penélope o tantas otras perlas que se han incrustado en la memoria? «¿Que es una canción?», se ha preguntado en varios conciertos. Y citó ante el público la definición que le había ofrecido la inteligencia artificial de Alexa sobre la base de lo estipulado por la RAE. «Que frialdad aséptica la de los académicos. Una canción es letra y música, pero es música que habla y letra que canta», dijo. Una canción es, también, una manera de establecer un pacto emocional que vibra a través del aire. Ese acuerdo no escrito no solo ha tenido que ver con el disfrute sino también con el agradecimiento. De ahí que muchos de los que se han educado con Serrat mantienen un mismo principio: no lo critican. Eso sería hablar en contra de ellos mismos.

Un argentino más

El vínculo de los argentinos con el cantautor se remonta a octubre de 1969, cuando aterrizó por primera vez en Buenos Aires, en medio de una dictadura preconciliar que se resquebrajaba y encontró en su repertorio nuevas palabras y melodías. El enorme éxito de Serrat estuvo en parte asociado a un programa televisivo, Sábados circulares. De ahí pasó a amenizar los carnavales de febrero. El catalán se convirtió en un habitante más de la capital argentina. Se hizo hincha de Boca Juniors, porque lo dirigía Alfredo Di Stéfano, y se enamoró del tango, que había sonado en su casa de la niñez.

El proceso de radicalización política juvenil fue acompañado por esas canciones con versos propios o de Antonio Machado Miguel Hernández que llegaron como la buena nueva. Vencidos fue una suerte de victoria cultural, y así lo entendió hasta la propia dictadura que en 1976 no solo censuró sus discos, sino que llegó a utilizarlos como música de fondo de las sesiones de tortura para acallar los alaridos desesperados de los cautivos.

Argentina recuperó sus instituciones en 1983 y también recuperó a Serrat. Lo mismo ocurrió en Uruguay y Chile, tras la derrota de la dictadura en el plebiscito de 1988. El Nano, como lo llamaron casi desde siempre, fue algo más que una visita asidua, ya fuera en soledad o acompañado de Ana BelénMiguel RíosVíctor Manuel o, más tarde, al lado de Joaquín Sabina.

Chile y México

El autor de Fiesta ha merecido en muchas ocasiones trato preferencial de algunos liderazgos, que también se educaron con su obra. «Siempre, desde el año ’70, he estado comprometido con Chile y su proyecto político y vital», dijo Serrat en la escala chilena de ‘El vicio de cantar’, después de ser recibido por el presidente Gabriel Boric, de quien elogió su compromiso y la ausencia de un historial negativo. «Viene limpio, en ese sentido, y por tanto la libertad de acción».

Los mexicanos le aplaudieron durante el concierto en el Zócalo, y, entre ellos, Manuel Andrés López Obrador. El presidente lo invitó a la sede del Ejecutivo y, como un buen fan, lo hizo saber a través de las redes sociales. «Nos visitó Serrat. Estuvimos en el balcón principal del Palacio y viendo los murales de Diego Rivera. Vio a Marx ‘que no está muerto ni enterrado’. Si no fuera porque tengo que ir a la montaña de Guerrero, estaría en su concierto en el Zócalo. Es poesía pura, limpia y humana».

Serrat no ha dejado de sentirse un latinoamericano más. Su disco El sur también existe, basado en textos del uruguayo Mario Benedetti, como prueba material de ese apego, y por eso en numerosas ocasiones ha salido del lugar del cantante aséptico y despreocupado por la contingencia para tomar posición sobre situaciones políticas. En Buenos Aires celebró el triunfo electoral de Luiz Inacio Lula da Silva frente al ultraderechista Jair Bolsonaro. «Su victoria es un hecho buenísimo, no solo para Brasil sino para América en general y para el mundo en particular”. Solo Brasil ha quedado como un territorio ajeno o indiferente a la música del catalán durante su más de medio siglo conquistando corazones en la región. 





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