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Se les ha reprochado que su postura no era femenina, que su fuerza no era suficiente, que su pegada no era correcta… Sin embargo, ellas jamás han dado un paso atrás para reivindicar su espacio tras los platillos

Tocar la batería era cosa de hombres. Era, sí. En pasado. Porque hoy, a pesar de las trabas, un contingente de mujeres desafía un estamento que parecía inquebrantable. No es tarea fácil. De hecho, hay quien sigue pensando que este instrumento es territorio exclusivamente masculino: se les ha reprochado que su postura no era femenina, que su fuerza no era suficiente, que su pegada no era correcta… Y, aunque la mella era evidente, ellas jamás han dado un paso atrás para reivindicar su espacio. “Han comentado nuestro físico. Nos han dicho que parecemos unas guarras por sudar en el escenario. Nos han preguntado si éramos las novias del cantante. Incluso nos han pagado menos. Son cosas por las que nunca pasará un chico”, asegura Amber Grimbergen.

Ella es la batería de Hinds, una de las bandas de indie rock con mayor tirón de la última década. Han editado tres álbumes que las han catapultado a Tailandia y Australia. Han abarrotado citas tan icónicas como South By Southwest y Best Kept Secret. Han conquistado el late night de Estados Unidos de la mano de Stephen Colbert. Y, a pesar del éxito, aún siguen cuestionándolas.

Amber Grimbergen heredó de sus padres el talento y la pasión por la música. | Alba Vigaray

“El principio fue lo más duro. No me tomaban en serio. A veces me han tratado con cierto paternalismo, diciéndome que tocaba bien para ser una mujer. Asimismo, se han acercado para corregirme o hacerme recomendaciones que no necesitaba. Paso a paso, esta situación ha ido mejorando. Ahora bien, tengo que ser sincera: en España es donde más he notado el rechazo”, confiesa Amber, que heredó de sus padres el talento y la pasión por la música. De pequeña, siempre soñó con montar su proyecto. Y lo que entonces era un juego, ahora es su profesión. Aunque las frustraciones y los complejos hayan intentado aplacarla en más de una ocasión.

He crecido con la idea de que tenía que ser sexy. Al no parecerme a Christina Aguilera o Shakira, pasé una larga adolescencia sintiéndome insatisfecha con mi cuerpo”, sostiene. Por ello, desde que formó Hinds, se ha propuesto desterrar cualquier tabú que la impida ser quien realmente es. Sólo así, ella y sus colegas han logrado acallar al machismo que sigue coleando en esta industria. Una que, durante decenios, ha silenciado a las pocas referentes que se han puesto tras los tambores.

“Tocas bien para ser una tía”: ni piropos ni consejos, las baterías dicen basta

| EPE / Alba Vigaray

Viola Smith fue una de las primeras en hacerlo. En los 30, lo normal era que las mujeres se subiesen a las tablas como cantantes. De ahí que su arrojo para llevar la contraria haya inspirado a tantas otras baterías: Georgi Hubley (Yo La Tengo), Régine Chassagne (Arcade Fire), Kim Schifino (Matt and Kim), Sandy West (The Runaways), Caroline Corr (The Corrs), Torry Castellano (The Donnas) y Pat Schemel (Hole) han demostrado que su música no sólo tiene un componente artístico, sino además activista. Kiran Ghandi (Thievery Corporation), por ejemplo, lleva 33 años luchando por vincular el empoderamiento y la sexualidad en la música.

Por su parte, Karen Carpenter (The Carpenters) siempre ha sido un espíritu en combustión. Y, como tal, ha generado nuevos debates gracias a petardazos como Close To You. Incluso algunas han noqueado al público con sus confesiones: Meg White (The White Stripes) se presentó como hermana del vocalista cuando, en realidad, era su ex pareja. Se divorciaron tras grabar su debut, pero la información no trascendió hasta un lustro más tarde: querían que el foco recayese únicamente en sus composiciones.

A la garra de Rachel Blumberg (The Decemberists), Frankie Rose (Dum Dum Girls), Debbi Peterson (The Bangles), Lori Barbero (Babes In Toyland), Claudia Gonson (The Magnetic Fields), Stella Mozgawa (Warpoint) y Kate Schellenbach (Beastie Boys) hay que sumar la inspiración que, hasta la actualidad, ha infundido Maureen Ann Moe Tucker: fichada por The Velvet Underground en los 60, dio el toque final a una banda profética que transformó el concepto del rock. Su estilo minimalista sentó las bases que luego afianzó Mimi Parker.

La batería de Low falleció el pasado noviembre dejando un legado único a las nuevas generaciones. Ella demostró que no hacía falta ser una diva ni una estrella para triunfar. Autodidacta, hipnotizó a la masa con su emblemático giro de muñecas y su crepitante garganta. Nunca le hizo falta dar clases para convertirse en el símbolo de una época: le bastó con anclar el esternón en cada una de los temas que la mitificaron y que, 28 inviernos después de su I Could Live In Hope, siguen confirmándola como una de las grandes exponentes.

“Jamás terminas de formarte. Cuando crees que ya lo sabes todo, descubres otro mundo nuevo y vuelves a empezar. Ahora, le estoy dando cera al doble pedal”, dice Paula Rego, de Agoraphobia. En su caso, empezó a tocar de manera casual cuando un profesor del instituto le animó a investigar varios instrumentos. El flechazo fue casi instantáneo. “No se me daba mal y eso fue lo que me enganchó. Recuerdo que, cuando veía a alguien tocarla, me parecía lo más difícil del mundo”, desvela.

Quién lo diría, viéndola empuñar las baquetas con tanta soltura. Lleva nueve años creando y perfeccionando su técnica. Lo que se ha traducido en dos interesantes elepés: Incoming Noise y Unaligned. Así como en el premio Martín Codax en 2017. Su gran baza radica en la efervescencia y la destreza con la se presentan. “Me mola encontrar ejercicios nuevos y sacar canciones de mis discos favoritos”, dice Paula, que aprendió lo básico de la mano de un especialista en jazz. Sin embargo, gran parte de su conocimiento procede de su propia inquietud. Y de las tablas, claro.

Una relación salvaje con la música

Esta es la tendencia habitual: la mayoría se ha lanzado al escenario con las herramientas que la intuición les ha dado. Eso les lleva a tener una relación salvaje con el instrumento, lo que les anima a experimentar. Y, por supuesto, a compartir. Pues, en este gremio, el intercambio de conocimientos y experiencias resulta fundamental. “Cuando empecé, me gustaban algunos grupos de pop que hacían música con elementos sencillos. No obstante, en la cultura popular no abundan las mujeres batería. Las hay, pero no son muy conocidas”, subraya Laura Torre.

Ella lleva la percusión en Melenas, una banda que nació en el pequeño bar Nébula de Pamplona y que, tras arrasar en el Primavera Sound y el BBK, se ha vuelto en un imprescindible en la escena garage pop. Han visitado Estados Unidos, Francia, Reino Unido… Y han recibido el Music Moves Europe Talent Award 2021. Sus vibrantes melodías y sus brumosas letras, las han llevado a un olimpo donde las miradas que reciben no son solo de admiración, sino también de complicidad: ellas son hoy el espejo en el que muchas se verán reflejadas.

Juls Acosta forma parte de Ginebras, uno de los fenómenos más felices del pop español contemporáneo. | Alba Vigaray

En él se hallan nombres de la talla de María Costa (Elvis Negro), Violeta Mosquera (Bala), María Lázaro (Trashi), Kat Almagro (Natalia Lacunza), Julia Martín (Rufus Firefly), Silvia Rábade (Escuchando Elefantes) y Saray Sáez (Ainoa Buitrago). Ellas son algunas de las baterías que, en España, están rompiendo los techos de cristal. Y, por tanto, conquistando espacios. “Yo no tenía pensado tocarla. Vivía en París cuando Amaia (de Kokoshca) me preguntó si me gustaría hacerlo. Quería montar un grupo con sus amigas. Yo le dije que no sabía, pero me insistió. Confiaba en mí. Y eso me dio un chute de energía”, rememora Laura sobre el origen de Panty Pantera, su primera formación.

Esa fue su escuela y el germen de su meteórica carrera tras los platillos. Ahí, empezó a investigar sobre la escena en la que también se mueven Elena González (Su señora), Estela Robles (Tan bonicas), Ana Jesús Cañabate (Cosas que hacen bum), Concha Chaus (La Modakinkomoda), Alba Granados (Moonshaker), Virginia Fernández (Last Fair Deal) y Carmen Merino (Las Tiburonas). El resultado fue más que esperanzador.

El síndrome de la impostora

“La primera vez que vi a una mujer tocar la batería fue con 16 años. Estaba en un pueblecito de Irlanda y, una noche, decidí entrar a una jam session. De repente, la vi ahí. Segura de sí misma. No podía quitar los ojos de ella”, relata Juls Acosta. Para la integrante de Ginebras, este recuerdo fue un punto de inflexión en su vida. De aquella velada han pasado 12 primaveras y, en consecuencia, el panorama ha evolucionado tanto como la artista: “Cada vez somos más chicas en el escenario. Es verdad que aún somos pocas, pero al menos ya nadie tendrá que esperar otros 16 años para vernos”. Desde que lanzaron La típica canción, el cuarteto no ha parado de multiplicar sus cifras: en cuestión de tres años, se han consolidado como una de las apuestas más interesantes del mercado patrio. Sobre todo, entre el público joven.

En este sentido, las redes sociales están jugando un papel determinante al permitir a las más jóvenes identificar nuevos roles y modelos: “Antes, este mundo era de tíos. Ahora, al menos, nos dan el espacio que merecemos. En este sentido, hay que dar las gracias a la primera persona que permitió a una mujer subirse a un escenario porque estoy segura de que ésta los tuvo que tener bien plantados y de que fue un hombre quien por desgracia tuvo que permitirlo”.

Montse Sánchez ha publicado ‘Tu aguijón’ y ‘Tres peces’ de la mano de Fario. | Alba Vigaray

Ese coraje es una constante en quienes luchan contra el heteropatriarcado. Si bien Montse Sánchez lo sabe bien, se muestra más cauta. “No me considero una valiente. Siempre he hecho lo que me ha dado la gana. Le eché bastante morro. Quería aprender”, mantiene la líder de Fario. De marcada personalidad, el dúo ha revolucionado el underground con un sonido a medio camino entre la psicodelia y el folclore. Tu aguijón Tres peces son una buena muestra de ello, aunque donde de verdad se percibe esta declaración de intenciones en su directo.

“Desde que somos niñas, los libros de texto nos han mostrado numerosas enfermeras y maestras, pero casi ninguna científica o batería. Igual que lo que no se nombra no existe, lo que no se ve tampoco puede ser imitado”, añade. Lo que ha hecho que, a pesar de alcanzar la meta, haya sufrido el síndrome de la impostora: “He llegado a pensar que nunca sería capaz de tocar tan bien como los chicos. Jamás me lo he terminado de creer”. Algo que, el día de mañana, ya no será un hándicap para las nuevas hornadas. En parte, gracias a ellas.  





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