“Scaloni no puede dirigir ni el tráfico” afirmó un Diego Armando Maradona tan clarividente sobre el césped como charlatán fuera de él. Esta tarjeta de presentación ha arrastrado Lionel Scaloni durante toda su carrera como seleccionador. A la crítica de El Pelusa se sumó una horda de tertulianos pelotudos, entre los que destacaba otro ilustre bocazas, Óscar Ruggeri.

Pero el de Pujato, más allá del resultado, ha demostrado una inteligencia emocional que supera a quienes le han precedido como seleccionador albiceleste. Por un lado ha sabido construir un equipo competitivo alrededor de Messi, lo que ha descargado de responsabilidad a Leo, permitiéndole asumir otro rol deportivo y hasta emocional. El técnico ha rebajado el histrionismo que rodea al equipo desde la grada y las tribunas de prensa. “Aunque Argentina pierda, mañana saldrá el sol”, advirtió tras caer en el primer partido ante Arabia Saudí cuando más picantes le llovían las críticas.

Evolución táctica

Pero más allá de eso, que no es poco, el exdeportivista y su equipo han dado una exhibición en la gestión de recursos siempre con la espada de Damocles sobre su pescuezo. Sin Di María alteró el 4-3-3 inicial por un 4-4-2 para hacer más robusto su mediocampo al tiempo que daba vuelo a Enzo Fernández y a McAllister. No le ha temblado la confianza en De Paul ni un instante, por más que arreciasen las críticas. Sentó a Lautaro para dar la titularidad a un incombustible Julián Álvarez. Recurrió al 5-3-2 en lo que muchos quisieron ver como un movimiento conservador. Nada más lejos de la realidad. Afianzó la zaga, pero dio profundidad a las alas con un Nahuel Molina que marcó ante los Países Bajos y un Acuña que creció hasta hacer un partido monumental ante los Oranje.

Arrasó a Croacia en semifinales entregando a los croatas y esperando a su campo para dar espacios a Julián Álvarez y Messi en un partido colosal de ambos. Y en la final decidió recuperar el 4-3-3, ya con Di María, para meter a Francia atrás y presionarle arriba flotando a un Varane que rifó mil balones con la complicidad de los delanteros albicelestes. Di María fue más canchero que Dembelé en el penalti que le forzó en el primer gol, y coronó la obra faraónica de todo su equipo en la segunda. Nunca estuvo Francia en el partido hasta que la rescató Mbappé.

Deschamps fue más previsible. Cínico en el planteamiento desde el inicio lo fío todo a la pegada de Mbappé y Giroud, con la complicidad de Griezmann. Pero a esta Francia se le vieron las costuras ante Inglaterra. Tchouanemi (será jugador imperial, pero no lo es aún) y Rabiot no son Kanté y Pogba todavía. Y el entrenador movió ficha a dos minutos del descanso con dos cambios inverosímiles por la propuesta y, sobre todo, por hacerlo antes del descanso, mostrando sus intenciones a Scaloni, que tuvo en ese descanso margen de maniobra.

«Si no sufres, no vale»

Pero no podía ser tan fácil para esta Argentina agónica y excesiva. Y volvió a ocurrir. En dos minutos pasaron de las lágrimas de alegría a las de rabia por los dos goles de Kylian. Decía Tagliaffico al final: «Si no sufres, no vale». Y les tocó sufrir de nuevo porque era la segunda vez que le ocurría en este Mundial. Ya habían visto cómo Países Bajos les igualaba con goles en un visto y no visto. Y casi estuvo a punto de hacerlo Australia. La exuberancia física de los franceses, que terminaron con un once pleno de jugadores de origen africano (salvo Lloris) amedrentó a los argentinos y el equipo se desinfló. Los de Scaloni, que tardó en hacer los cambios, se aferraron a la pelota en la prórroga con uñas y dientes y comenzaron a hiperventilar. Tardó en cambiar Scaloni, pero recuperó el pulso en el partido.

Pero el destino guardaba un desenlace en el que no cabían las pizarras. Messi adelantó a los argentinos volviendo de la lona, pero una mano de Montiel permitió a Mbappé anotar su tercer gol y devolver la igualada. Era un partido caótico, en el que quien marcaba se desfondaba. La fe contra el físico. El querer contra el poder. Y los penaltis asomando al fondo.

Y ahí volvió a emerger Dibu Martínez forzando dos errores (Van Dijk y Berghuis), como ante Países Bajos. Entonces solo falló Enzo Fernández. En esta ocasión marcaron todos los lanzadores y Emiliano volvió a ‘parar’ dos (Coman y el error de Tchouameni). Algo que también se trabaja y en donde el portero del Villarreal, Gerómino Rulli, trabajó mucho con los lanzadores cómo paraban en las tandas los porteros rivales. Y entre los porteros también destaca la figura del joven Federivo Gomes Gerth, portero de 18 años que es suplente de Tigre y lo llevaron de sparring para no cargar a los porteros seleccionados en las jornadas de disparo de los delanteros. Scaloni había cuidado todos los detalles, hasta el punto de que todos los convocados jugaron algún minuto y tuvieron su protagonismo, algo que no pasó en el resto de selecciones.

Scaloni es campeón después de demostrar riqueza táctica e inteligencia emocional. Y sobre todo, mucha humildad para no entrar en el cara a cara ante las descalificaciones. Leo sabía que tenía lo más importante: el compromiso de sus jugadores, la ilusión del grupo, el talento de sus futbolistas. Y de entre todos, Leo Messi. Con quien compartió Mundial en el 2006 como jugador. El destino les guardaba un final feliz a ambos después de ascender el más difíciles de los ochomiles en el fútbol: el Mundial. Scaloni liberó a Sisifo de su piedra y Messi campeonó.  





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