Nota del editor: Wendy Guerra es escritora cubanofrancesa y colaboradora de CNN en Español. Sus artículos han aparecido en medios de todo el mundo, como El País, The New York Times, el Miami Herald, El Mundo y La Vanguardia. Entre sus obras literarias más destacadas se encuentran “Ropa interior” (2007), “Nunca fui primera dama” (2008), “Posar desnuda en La Habana” (2010) y “Todos se van” (2014). Su trabajo ha sido publicado en 23 idiomas. Los comentarios expresados en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora. La siguiente historia es un relato de ficción que la autora regala a la audiencia de CNN en la Navidad. Mira más en cnne.com/opinion

(CNN Español) — ¿Has estado alguna vez en un orfanato?

No hay que tener ningún prejuicio. Todos son diferentes y la vida de un huérfano no tiene que parecerse a la de Oliver Twist.

No dudo de la buena intención de mis padres o de quienes, en raras circunstancias, decidieron sacarme de China, para luego aparecer en la puerta de un orfanato, a las afueras de Perpiñán; envuelta como un paquete en una manta de lana. Acompañada de una carta escrita en mandarín, que aún conservo, me abandonaron a mi suerte, del otro lado del mundo, poniéndome en manos de personas entrañables, quienes, hasta hoy, me regalaron el mayor de los tesoros, el verdadero hogar.

Soy diferente a mi familia. Solo bastaría mirarse al espejo para advertirlo: mi cabello negro y lacio, los ojos rasgados y el cuerpo, tan breve, que pudiera dibujarse de un solo trazo, contrastan con el aspecto europeo de mi madre, una mujer torneada y rubia, hermosa como la Helena Fourment de Rubens, que descubrí durante mi última visita a Viena.

Cuando salimos juntas, las personas nos miran y se preguntan por qué somos tan diferentes. En sobrevolar las grandes diferencias radica la genuina belleza de una relación.

Cuánto me gustaría saber qué planes tiene el universo para mí, de dónde vengo, y, sobre todo, qué me depara la vida en lo adelante.

Como cada diciembre, regresamos a Francia de vacaciones. Mis padres, Pascal y Marianne, trabajan como diplomáticos en las islas. Así transcurre mi vida, entre el bullicioso distrito VI de París, a la apacible tranquilidad en Fort-de-France. De mi habitación parisina puedo ver el Sena y hasta un poco del Panthéon, y de las ventanas de mi cuarto en la isla, el gracioso fragmento del monte Pelée, que definitivamente muere en el mar.

La madre de Pascal, Petit, mi abuela paterna, suele llevarme a la tienda por departamentos que más disfruto en el mundo: Lafayette. Es allí donde elijo mi ajuar, mis cuadernos y hasta los perfumes y jabones que regalo a mis padres.

Mi abuela es uno de los mejores seres que he conocido; si pasa el año viajando de un lado a otro es solo para acompañarme, para que nunca me sienta sola o melancólica. Esta Navidad, los regalos deberán ser austeros, pues, mamá advirtió que al regalarme un piano de cola, mi abuela no debería incurrir en un gasto adicional.

Al llegar al departamento de lencería, Petit insistió en comprarme, al menos, un pijama de seda; la señora que nos atendía recibió una llamada urgente e hizo llamar a una joven asiática, aprendiz de diseño, que, de solo mirarme, causó en mí un gran estremecimiento.

Al vernos frente a frente, mi abuela se quedó perpleja. Petit no salía de su asombro, pues no lograba determinar quién era quién.

–Mi nombre es Li –susurró la joven, y al hacerlo, quien hablaba era yo, o quizás, mi reflejo.

–Soy Liú –estreché su mano, dilatándome en el eco de su entonación.

Ninguna de las dos podía creerlo. Li me tomó del brazo y me condujo ante el espejo. Nos miramos y reímos a un mismo tiempo, haciendo gestos similares, notando enseguida, que ambas vestíamos con un estilo semejante y muy particular.

–¿Eres adoptada? –preguntó Li–. ¿En qué año naciste? ¿Dónde?

–En el año 2000. ¿Dónde…? –respondí con una pregunta, y al hacerlo, supe lo poco que conocía mi propia historia.

Abuela Petit se puso muy nerviosa, y me sacó de la tienda de inmediato, sin tiempo para comprar nada. “Mi vida es un cuento chino”, pensé al descubrir que tampoco mis padres conocían la verdad de mi origen. Ellos no tenían clara mi procedencia, pero la carta en mandarín, esa que nunca quisieron traducir, tal vez lo explicaría todo.

Es un nuevo diciembre, han pasado tres largos años. Soy mayor de edad y he vuelto a París definitivamente. En Lafayette están vistiendo los maniquíes con fastuosos trajes de fiesta. Al entrar a la tienda descubrí cómo Li dirigía toda la operación, decorando los escaparates con árboles, naranjas, flores, jaulas, pájaros y figuras de sombras chinescas, que contrastaban maravillosamente con las luces tradicionales de la temporada navideña. Al saludarla, sentí un raro pálpito, un latido profundo, ese modo particular y entrañable conque me envolvía su presencia. No la olvidé, cómo hacerlo, sería como olvidarme a mí misma. Somos tan parecidas que, de solo mirarnos, sabemos cuál será el próximo gesto, la siguiente pausa, incluso, la frase completa que acompaña preguntas y respuestas:

–Te he estado buscando.

–De algún modo, yo también –intenté explicarme.

–He aprendido mandarín y he traducido una carta que…

–Yo también he aprendido mandarín y he traducido la mía –interrumpí.

Li abrió su preciosa cartera de ante con flores pintadas al óleo, y me tendió una cuartilla escrita a mano, con tinta china. Yo, por mi parte, saqué de mi mochila la versión impresa y arrugada de la misma carta.

“Queridas Liú y Li:

He sido empleada de sus padres por más de veinte años, los señores Zhang, quienes, desafortunadamente, han muerto junto a sus abuelos. La familia quedó atrapada en un incendio, producido en el almacén de arroz, en el pueblo de Zhaitang, distrito Mentougou, a las afueras de Beijing. Es aquí donde ambas nacieron, el 30 de diciembre del año 2000. A menos de un mes de nacidas, las entrego a mi hermana Wú. Ella no puede tener hijos y está casada con un francés, Monsieur Moreau. Ambos poseen los mejores recursos para criarlas y educarlas en Francia. Si escribo dos cartas, es solo para asegurarme de que, si las separan, sabrán quiénes fueron sus padres, dónde y cuándo nacieron. Sean felices y tengan una vida útil y próspera.

Jiāqí”.

¿Cómo terminamos en un orfanato? ¿Por qué nos separaron? ¿Por qué mi hermana nunca fue adoptada? ¿Por qué yo sí? Para eso, aún no teníamos respuestas, pero ¿acaso tener todas las respuestas no hace aburrida la vida de un ser humano? Salimos a la calle tomadas de la mano, miramos al cielo y agradecimos el milagro de la Navidad, esa que hace tres años y ahora, nos reencontró. Mis padres nos recibieron en casa, y al enterarse de todo, determinaron que mi hermana Li se mudara con nosotros. Cuando mi abuela Petit supo la verdad, lloró y se lamentó de no haberla tenido con nosotras desde el primer día en que llegué a sus vidas.

–El mejor momento para plantar un árbol fue hace 20 años. El segundo mejor momento es ahora –dijo papá, recordando un proverbio chino, que a su vez, había escuchado de su abuelo.

–¡Feliz Navidad! –dijo mi hermana, regalándome un árbol genealógico dibujado por ella, donde solo figuran nuestros nombres, y el de nuestros padres biológicos y adoptivos. En lo adelante, nuestra misión será, encontrar y llenar juntas el resto de las ramas del árbol, descifrar y escribir este cuento chino, la verdadera historia que dicta nuestro origen.



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