24/12/2022 a las 08:35

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Consciente de que la guerra se juega en las alturas, Zelenski presiona a los aliados para recibir más armamento antiaéreo

Eran muchos y avanzaban rápido. Demasiados –pensaban— para la escasa oposición que les haría frente. A plena luz del día, actuaron como un enjambre de abejas abalanzándose sobre miel. Su objetivo: tomar la capital de una Ucrania que, a pesar de las alertas estadounidenses, nunca creyó posible una invasión total.

Tampoco pudieron creer en Moscú que soldados armados con lanzamisiles portátiles derribaran helicópteros con destacamentos de élite en su interior. Kiev resistió. En aquella defensa heroica, el 1129 regimiento antiaéreo de Bila Tserkva, del Ejército de Tierra, tuvo un papel fundamental. Algunos de sus miembros abatieron hasta cinco aeronaves, dando tiempo a una ciudad que se preparó para el asedio. Era el último fin de semana de febrero y cada vídeo de helicópteros en llamas se aplaudió como un gol.

«Esta invasión ha cambiado la manera de entender cómo se hace la guerra», explica el teniente coronel Pavlo Semenov. «Antes del 24 de febrero atacábamos drones, durante las primeras semanas, en cambio, fueron todo aviones y helicópteros».

300 días después, sus hombres se han convertido en una de las unidades más exitosas, con varios centenares de objetivos enemigos destruidos. Las tres divisiones que constituyen el regimiento escudan Kiev, Bajmut y el resto de la provincia de Donetsk. Su misión: evitar que las tropas del Kremlin operen en los cielos de Ucrania y se hagan con el control del aire.

Entrega de Patriot

Para ello, Volodímir Zelenski lleva meses exigiendo a sus aliados aumentar el suministro de armamento antiaéreo. Más aún, desde que comenzaron los asaltos indiscriminados contra la infraestructura energética. La mayor de sus victorias ha llegado esta semana: Joe Biden se ha comprometido a entregar misiles Patriot, el sistema más avanzado del mercado. Una ayuda a la que se suman, desde hace tiempo, otras armas de gran potencia como los seis lanzadores Hawk enviados por España.

Los resultados están a la vista. Si al inicio de octubre el 54% de los ataques eran interceptados, en los distintos ataques masivos de diciembre, el porcentaje no ha bajado del 78%, según Kiev.

Para lograrlo, el regimiento de Bila Tserkva –y otras unidades— forman un paraguas protector que cobija a la infantería, artillería y población. «Con que el enemigo aborte el ataque, o sea incapaz de alcanzar su objetivo, nosotros hemos cumplido», explica el capitán Sergey Borisov, en una casa perdida en la región de Donetsk.

Pero en la guerra por el cielo, no existen ángeles de la guarda. «Tenemos claro que cada misil no puede ser interceptado, yo trabajo con cada soldado para hacerle entender que tiene que seguir. Hay un segundo y un tercero que necesitamos frenar», confiesa.

Lo cuenta a escasos kilómetros de la primera línea, en una ubicación que solicita no revelar. No muy lejos, se oculta, entre la niebla y la maleza, una de las tres baterías de su división. Son el tipo de unidad más pequeña, y trabajan con un 9k33 Osa (que significa avispa tanto en ucraniano como en ruso).

Radar apagado

En el interior de este blindado soviético con misiles tierra-aire trabajan cinco soldados. Con una pick up y lanzamisiles portátiles, les escoltan otros tres. Sin embargo, la potente señal que emiten les vuelve vulnerables. «Para que te hagas una idea, es como encender un árbol de navidad», ríe Borisov.

Por eso apagan el radar e intentan apartarse de su localización nada más disparar. Si consiguen desplazarse unos cientos de metros, se habrán librado. Si apenas avanzan una decena, la metralla golpeará el exterior, pero evitarán ser aniquilados.

En la batalla por la supervivencia, esconder el ‘Osa’ es una operación vital. Tanto que, desde 2016, al menos una vez al mes, los equipos aéreos y antiaéreos ucranianos disputan lo que llaman «juegos de guerra». Unos se ocultan y otros tratan de situar las coordenadas. En caso de descubrir el refugio de la unidad, los jefes reciben un tirón de orejas.

18 meses lejos de casa

Ocho meses antes del comienzo de la invasión, las unidades del frente recibieron la orden de cambiar todas las posiciones de sus baterías. Para cuando el mundo vio las columnas de humo por televisión, muchos de los sistemas antiaéreos llevaban tiempo a buen recaudo. Quizás por eso, la guerra del aire nunca se decantó del lado de Moscú.

Sin embargo, hay un coste que han pagado ya unidades como esta. La mayoría de los hombres desplegados debía regresar a sus hogares en marzo de este año, pero la agresión de Putin les obligó mantenerse en sus puestos y suman 18 meses consecutivos lejos de casa. Un sacrificio que todos asumen con el fin de alcanzar la ansiada libertad.

«El Ejército está preparado para morir, pero la victoria depende de dos factores: que la población resista el invierno y que el envío de armas no se detenga», afirma el teniente coronel Ivan Dubei. «A mis hombres les digo que todos los países de Europa han derramado sangre por su independencia. Ahora nos toca a nosotros pagar el precio».

Lo dice en una sala en la que cuelgan 10 cuadros de compañeros fallecidos en combate. Un altar que todos honran, pero al que nadie se quiere sumar. 



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