26/12/2022 a las 15:29

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La cantante y compositora catalana culmina su gira nacional después de dos llenos en el WiZink Center de Madrid y se retira de forma temporal

Cuando el mundo entero echó el fechillo y se instaló el desasosiego entre la incertidumbre y la pantalla, una voz de novela de John Fante susurraba al otro lado: Hi, I just wanna say hello. El miedo se atoraba en la garganta de un país y su canción invitaba a nombrarlo y bailarlo al ritmo de un himno en ciernes: In Spain we call it soledad. Rigoberta Bandini lo anticipó desde el comienzo: «Me gusta que la música haga llorar y bailar a la vez». Y ese leimotiv ha sido siempre su rúbrica.

Aquel verano de malabares en el alambre de la libertad, Paula Ribó (Barcelona, 1990) parió un hijo y un álter ego: Rigoberta Bandini cosió las alas a su último sueño y le cantó a Paula que «de esta fiesta no nos vamos». Seguramente, la primera le respondió que ella nació «para ser perra», sin correas ni bozales, pero ninguna de las dos imaginó que millares de seguidoras ladrarían a coro esta catarsis colectiva a las puertas del Palau Sant Jordi de Barcelona.

Y quizás tampoco adivinaron que la diva indie que cantaba a la terrenalidad y la espiritualidad, anudando los viajes lisérgicos del MDMA con el insight por las autopistas del yo, partiría meses después como una de las candidatas favoritas a Eurovisión.  

In Spain we say «qué coño hago», confesaría Rigoberta que le dijo Paula. Pero nadie me puede prohibir ladrar, admitiría Paula que le dijo Rigoberta. 

Y desdibujándose y mirándose la una en la otra, llegó la desnudez, con ese grito visceral de dentro afuera en el eco de ma-ma-ma que, como una continuación de Perra, colocó una teta gigante en el escenario de Turín en la gala final del Benidorm Fest, reivindicando la fuerza y belleza del cuerpo femenino al puro estilo Delacroix.

Estrella de muchas puntas

Y nació una estrella de muchas puntas bajo un nombre propio, con rayos ultravioletas y eléctricos que conforman una constelación de canciones infusionadas, no muy ancha, pero luminosa y pertrechada de influencias, que perforan el corazón emulando su ritmo. La propia artista registra su estilo bajo el recurso del «bombo a negras», que se refiere a los cuatro bombos por compás que equivalen a los 130 BPM (Beat per minute) y que se acompasan con los latidos del corazón. 

Así lo confesaba Bandini en su primera RigoTalk en su canal de YouTube, que compartió con el también cantante C. Tangana, coetáneo de la de Barcelona y en parte responsable de la viralización de In Spain we call it soledad aquellos días de encierro.

Pero este baile de palpitaciones también evoca el latido del corazón desde el útero materno -tú que amarraste bien tu cuerpo a mi cabeza-, que confiere ese sustrato atávico al universo de la Bandini, como un canto desde la entraña que remite siempre, entre la ironía acerada y la fiesta electrónica, a la celebración del cuerpo, de la libertad y del amor.

Su forma de trenzar la melancolía y el perreo, con una estética posmoderna que entrecruza las atmósferas de Franco Battiato, la tralla de Gigi D’Agostino, los sonidos de Abba, el clasicismo de Mocedades y el homenaje a Mónica Naranjo, abre las latitudes de su planeta a todas las edades y todas las mujeres en el alféizar de sus preguntas.

El pasado octubre, la artista reagrupó las canciones de su firmamento en su primer lanzamiento discográfico, que tituló La Emperatriz, quizás porque reúne todos los espejos de su imperio interior. A temazos como Julio Iglesias, Que cristo baje, Así bailaba o A ver qué pasa añadió Canciones de amor a ti, Tú y yo, Que vivir sea un jardín y su emblema homónimo, como un cuento de hadas entre cantos celestiales con el que se despide como «La Rigo, tu sacerdotiza de confianza». 

Pero su reinado exterior se puso de relieve en la ristra de conciertos que recorrió la geografía española en este último trimestre de 2022, que incluyó una parada en Canarias en el marco del Festival Arena Negra, en Fuerteventura, en noviembre, y que revolucionó con dos llenos el WiZink Center de Madrid y otro en el Palau Sant Jordi de Barcelona. 

Su cercanía y naturalidad en el escenario, su progresivo dominio escénico flanqueada por su flamante cuerpo de baile y de coristas -entre ellas, su prima y escudera fiel Belén Barenys, AKA Memé-, y el cómico y músico Esteban Navarro, AKA Rigoberto y pareja sentimental de la artista, en la producción y a las teclas, redondean un espectáculo visual alrededor de canciones que ya volaban solas.

«Un poquito hasta el coño»

Después de tomar el cielo por asalto, Rigoberta pierde de vista a Paula entre las nubes. El peso de la corona es también nostalgia de los picnics en la playa y el Magnum almendrado que canta en Fiesta. Porque también los espejos se agotan cuando falta distancia con respecto a la imagen. El público erigió a Rigoberta en Emperatriz, pero a Paula le correspondía apagar la música «por un rato largo», tal como reveló el verano pasado en La Resistencia, «porque estoy un poquito hasta el coño de algunas cosas». No prometió billete de regreso, pero sí refrendó la inmortalidad de sus canciones, referente musical desde manifestaciones feministas a discotecas y habitaciones propias.

El pasado viernes brindó el último concierto de La Emperatriz y de esta etapa primigenia y meteórica de Rigoberta Bandini en el Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza. Antes de quitarse la corona, se despidió con una canción de sus principios, Too many drugs, donde, una vez más, Rigoberta y Paula parecen fundirse en una sola línea: «Me voy», canta entre lágrimas. «Todo está bien, porque es que siempre estuvo bien. Y estará bien».

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