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La autora del libro del año, ‘El peligro de estar cuerda’, recibe a ABRIL en exclusiva en su casa de Madrid para hacer balance de 2022

Ese baile que Rosa Montero (Madrid, 1951) dice llevar manteniendo desde hace tiempo con las palabras ha llegado a su plenitud en 2022. Su última novela, El peligro de estar cuerda (Seix Barral), es el libro de este año que a punto está de terminar. No es subjetividad lectora. Así lo demuestran las críticas y las cifras de venta, pareja tradicionalmente mal avenida.

Se trata, por tanto, de un hecho objetivo que, además, dice mucho del momento que atraviesa nuestra sociedad, pues es una obra en la que su autora escribe, mezclando realidad y ficción hasta convertirlas en una sola cosa, sobre la salud mental, la naturaliza hasta normalizarla.

Montero, generosa como pocos en el mundo literario, tan dado a las falsas amistades, siempre peligrosas, se refugia en la humildad y, sentada en el salón de su casa, con su perra Petra en brazos, confiesa que sólo aspira a seguir dando «pasitos» para aceptar el «sinsentido de la muerte».

P. ¿Qué ha supuesto este año para usted, qué balance hace?

R. Ha sido una especie de carrera loca y agotadora y maravillosa. Quizás ha sido el libro más loco de mi vida en cuanto a intensidad de trabajo, de viajes. Yo tengo muchísima energía, pero no la controlo, cojo más cosas de las que puedo hacer y cuando vi que me había metido en ese calendario pensé que me iba a poner enferma. Pero luego decidí ir día a día y, aunque ha sido muy agotador, me lo he pasado muy bien. Luego, me siento llena de una gratitud increíble por la respuesta de la gente, por el interés, por la generosidad, me siento bendecida por eso. He sentido todo este año un cariño tremendo y, entonces, estoy feliz.

P. Que un libro en el que se trata la salud mental de ese modo, normalizándola, haya llegado tanto a la gente dice mucho de nuestra sociedad.

R. Una escribe los libros que necesita escribir, intentas contestarte a tus propias preguntas, encontrar respuestas a tus obsesiones. Así que no pensé en esto, pero luego ha resultado con este libro algo extraordinario en mi carrera. No hay otro libro que haya tenido una respuesta tan grande, y no hablo de gente que lo compra y lo lee, sino de personas que me cuentan sus historias. Es un libro interactivo a tope (ríe). He llorado mucho con los lectores, porque me han contado cosas emocionantes, me han llegado a contar cosas que me han hecho sentir que mi vida tiene una justificación, de verdad. Estoy muy agradecida y muy sobrepasada, incluso.

P. En La loca de la casa explica que una de las razones por las que se hizo escritora fue para escribir contra la muerte. En ese libro también cuenta que la primera vez que comprendió que la muerte existía fue a los cinco años, más o menos, después de leer El gigante egoísta, de Oscar Wilde.

R. Leí el cuento a los cinco años o así, que es la edad a la que una descubre la muerte. Lo estaba leyendo y me di cuenta de que la muerte existe y que el autor de ese cuento estaba muerto y, sin embargo, yo lo leía. Y a lo mejor eso te hace decir: «Bueno, pues es una manera de sobrevivir». Por aquel entonces, yo estaba empezando a debutar como escritora, que es una cosa muy habitual en la gente que escribimos ficción, todos hemos empezado de niños. Es como el cuento de Monterroso: cuando se despertó, el dinosaurio estaba ahí. Bueno, pues cuando yo me desperté a la vida, la escritura estaba ahí. Yo me recuerdo siempre escribiendo, porque empecé a escribir como un juego.

P. Pero ese deseo de sobrevivir tiene muy poco que ver con el ansia de posteridad.

R. Ah, no, completamente.

P. Hablamos de dos cosas diferentes.

R. Muy distintas. No sólo eso, sino que, además, me he dado cuenta de que tienen mucha más ansia de posteridad los escritores varones que las mujeres (ríe). Los varones que he encontrado, que son amigos míos y que son gente muy maja y muy lista, de repente empiezan a hacer donaciones para el futuro, para cuando se hayan muerto… Dices: ¡Pero si nadie te va a leer, nunca! Que llegues a cierta posteridad como autor es una cosa más difícil que que te toque la lotería y es totalmente arbitraria y azarosa. ¿Sabe, además, qué? Que me da igual (ríe). A mí lo que me interesa es vivir, no me apetece nada morirme. Una vez que yo me muera, ¿qué importa?

P. Ahora que ha hablado de mujeres escritoras, yo creo que por primera vez en la historia hay tantas como escritores, si no más.

R. Sí.

P. Ya no somos una excepción, por fin se ha normalizado nuestra participación en la vida literaria.

R. Pero sigue habiendo sexismo. Primero, seguimos siendo menos publicadas. Luego, se nos hacen menos críticas, pero muchas menos.

P. También hay menos mujeres críticas.

R. Hay muy pocas. Sigue estando ahí sin normalizarse la cosa. Todavía no nos vemos igual ni nosotras mismas, porque el sexismo es una ideología en la que nos educan a todos y a todas. También tenemos nosotras esa visión doble, tenemos prejuicios y los vamos inculcando, porque son milenios de prejuicios que están ahí.

P. Pero es verdad que ahora mismo disponemos de libertad creativa para poder nombrar el mundo.

R. Sí, sin duda.

P. ¿Y hay parte de la realidad que sólo podemos nombrar nosotras?

R. Sí, hay muy pocas partes, pero las hay. Nos hemos educado todas las mujeres identificándonos con los protagonistas masculinos y con el mundo que nos contaban los hombres. Los hombres han creado unos prototipos de mujeres poderosísimos, pero que son producto del imaginario de los hombres, y nos hemos educado tanto en ellos que muchas mujeres pretenden más parecerse a esos prototipos que a las posibilidades del hecho de ser mujer que tenemos. Hay unas pequeñas cosas que todavía tenemos que formar literariamente y culturalmente las mujeres. Una es la maternidad, que además es uno de los últimos reductos de la cultura patriarcal, ha estado nombrada, definida por la voz patriarcal y las mujeres nos hemos adaptado a ello. ¿Cuántas cosas significa para nosotras ser madres o no serlo? Tenemos que dar forma literaria, cultural, a todo eso; lo estamos haciendo. Otra cosa es la regla, la menstruación. Tenemos que hablar de eso.

La escritora Rosa Montero, fotografiada en su casa de Madrid con su perra Petra. FOTO: Alba Vigaray. | ALBA VIGARAY

P. Bueno, es que hasta hace nada era un tema tabú, no se podía ni nombrar.

R. Exacto, y además es una metáfora poderosísima de la vida, de la muerte, del paso del tiempo… Si los hombres menstruaran, la literatura estaría llena de metáforas de la sangre. Pues eso es lo que tenemos que hacer nosotras. Esto y nuestros prototipos imaginarios del hombre, lo mismo que el hombre los tiene de la mujer: ¿cómo vemos nosotras imaginariamente a los hombres? Y yo creo que son las únicas cosas que tenemos para contar. Quizá también la sensación de fragilidad física de la mujer, el hecho de que tú vas a las doce de la noche por una calle de Madrid sola y te pones en guardia, cuando los hombres no sienten eso, el estar siempre en el filo, en un escaparate de peligro. Y cuando consigamos, entre todas, poner esas palabras en esas zonas oscuras y construir esos arquetipos literarios y culturales, el hombre ya los dominará, los poseerá y podrá escribir sobre ellos.

P. Hablando de esas realidades que aún tenemos pendiente nombrar, decía Barthes que toda biografía es ficcional…

R. … y toda ficción es autobiográfica.

P. Lo que me lleva a preguntarle: ¿qué es la realidad para Rosa Montero y qué la ficción?

R. Pues es una enorme y grandísima pregunta, porque para mí la realidad es casi un espejismo, es muy poco fiable, no me fío nada de la realidad. Yo con 16 años estaba en el comedor de casa, por la noche, y, de repente, la habitación se fue. Fue la primera vez que me dio un ataque de pánico. El mundo se fue al otro lado de un túnel negro, desapareció, lo que quiere decir que yo me fui de la realidad. A partir de entonces, para mí la realidad se quedó tocada de esa característica de poco fiable, que es casi como un telón de gasa que el aire mueve, y tan poco firme y tan poco espeso que en cualquier momento puedes ver lo que hay detrás.

P. ¿Y qué hay detrás?

R. Pues dragones, monstruos y mucha oscuridad. Entonces, no me fío nada de la realidad, y no me fío literalmente. Creo que la realidad es una construcción cultural, imaginaria, está llena de ficción. La memoria, que forma parte de la realidad y de la definición de lo que somos, es puro cuento (ríe), porque los seres vivos somos una narración y esa narración va cambiando con el tiempo. Y es un pasado en construcción: lo que yo recuerdo de mi infancia no es lo que recordaba hace veinte años. Tengo esa sensación un poco estuporosa, que me parece estar viviendo lo real y otra cosa, lo real con una sombra de irrealidad pegada. Hasta el punto de que cuando pasa cierto tiempo de algo que recuerdo, muchas veces no sé si lo que recuerdo lo he vivido, lo he soñado, me lo han contado, lo he escrito o lo he leído. Y todas esas posibilidades tienen la misma viveza para mí.

P. Y en esa narración en construcción que en realidad somos, ¿a usted para qué le sirve la escritura?

R. Para muchas cosas. Lo primero, me sirve para no tener miedo por las noches (ríe), porque piensas en lo que vas a escribir. Realmente, escribo para intentar perder el miedo a la muerte, y he avanzado bastante. Cuando yo tenía veinte años, miraba a la gente mayor de sesenta y me decía: por Dios, esta gente entra y sale, están tan sonrientes cuando están tan cerca de la muerte, ¿cómo pueden? (ríe) Si yo estuviera en su lugar, me decía, estaría debajo de la cama aullando de miedo. Y ahora que tengo más edad que eso, pues no estoy debajo de la cama aullando de miedo, y eso indica que algo he hecho. Y ese algo es escribir intentando encontrarle una cierta sinceridad al sinsentido de la muerte. Con el último libro he dado un pasito más para poner como tablones encima de la negrura (ríe) y para aceptar el sinsentido, para acompañarlo con otra cosa, para encontrar aunque sólo sea la naturalidad biológica de la muerte.

P. Ana María Matute imaginaba por las noches aventuras extraordinarias hasta que caía dormida.

R. Pues yo lo mismo.

P. ¿Qué sería de nosotras sin la imaginación?

R. Necesitamos la escritura para poder unirnos a nuestras emociones. Todos los expertos dicen que una de las cosas que está en la base de la creación es un trauma infantil, es decir, la pérdida, de alguna manera, de una infancia feliz o luminosa. Frente al trauma infantil, el niño se divide en dos: el niño que sufre y otro yo que cuida del niño que sufre y que, según Ferenczi, padre del psicoanálisis, es «un otro yo que todo lo sabe y no siente nada». «Todo lo sabe y no siente nada», qué belleza…

Y ese otro yo que todo lo sabe y no siente nada es el que compone, el que escribe… Pero, claro, si desde pequeña te has creado ese otro yo con el que vives, que todo lo sabe y no siente nada, ¿cómo te relacionas con tus emociones? Pues mi teoría es que necesitas de la ficción y del arte, somos como ventrílocuos, utilizamos al muñeco para poder sentir nuestras emociones. Lo dice Pessoa: “El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que finge sentir dolor del dolor que en verdad siente”. Siente de verdad ese dolor, pero para poder sentirlo tiene que fingirlo. A mí me ha pasado, estuve dos años sin poder escribir, bloqueada, y sin escribir no puedo sentir, no puedo conectarme con mis emociones, era lo más parecido a una depresión.

P. Y fíjese en la cantidad de heterónimos que tenía Pessoa… Cuántas maneras de sentir, y de vivir.

R. Sí, de sentirse viva.

P. Eso me lleva a Paul Éluard, que decía que hay otras vidas…

R. … pero están en esta.

P. Eso es. ¿Qué vidas ha vivido hasta ahora usted?

R. Pues la verdad es que escribir es una manera de vivir mucho más amplia. Escribir es una vida de primera categoría. He vivido en cada uno de los personajes. Es muy interesante, porque la distancia narrativa es una de las cosas más importantes que hay que aprender para escribir ficción, pero también es un lugar que habitas en la vida. Tienes que llegar a vivir a tus personajes como si fueras tú mismo y, al mismo tiempo, tienes que llegar a verte a ti misma como si fuera un personaje. No solamente escribes en ese punto, es que he llegado a la conclusión de que vivimos en ese punto, que es un punto que no sé muy bien dónde está, pero que es un poco como el Triángulo de las Bermudas (ríe).

P. Escribir es vivir, pero también leer, ¿no? Leer es una forma de vivir.

R. Totalmente, y además leer es una pasión absoluta. Los escritores somos, en primer lugar, lectores que, además, escribimos y que lo que queremos lograr es escribir el libro que nos gustaría leer. Leer es vida de primer orden. Me revienta cuando dicen despectivamente: “Es un ratón de biblioteca”. Ese ratón de biblioteca ha vivido mucho más que tú. Y leer, además, es lo más íntimo que se puede hacer, es más íntimo que hacer el amor, porque realmente te metes en la cabeza y en el corazón de otra persona, hay una unión ahí alucinante.

P. Hablando de pasiones, para ser un buen escritor hay que desearlo.

R. Sin duda.

P. Pero, además, de una manera casi obsesiva.

R. Desde luego, para ser novelista tienes que ser obsesivo, porque cómo si no te vas a sentar durante meses, durante años, en una esquina de tu casa, a solas, inventando mentiras… Es una actividad bastante estrafalaria y hace falta estar bastante tocado por un TOC obsesivo.

P. ¿Y cómo se alcanza el equilibrio entre ese deseo, que es casi febril, y el juicio que recibes siempre de los demás?

R. Me gusta mucho que haya nombrado el deseo, porque hay que pararse un poco más ahí. Hay mucha gente que desea escribir y que, sin embargo, no respeta su propio deseo, muchas mujeres, sobre todo. Y, además, en la escritura pasa mucho, porque como es una cosa tan absurda, tan estrafalaria, como todo el mundo puede escribir, no te lo respeta nadie. Dices que quieres ser escritor y la gente se ríe. Conseguir respetar tu propio deseo es muy difícil. No sólo hace falta desearlo, sino respetar ese deseo para no ser un desgraciado toda tu vida. Y no estoy diciendo con esto que vayas a ser un buen escritor ni de éxito.

Pero si verdaderamente lo deseas, tienes que respetar tu deseo e intentar adecuar tu vida a eso. Porque tu vida va a ser mucho mejor, porque escribir es una maravilla. Escribir es maravilloso, es un vuelo, un viaje, una dedicación tan increíble… Escribir es lo único que encuentro comparable al amor, a la pasión amorosa; te enajena igual que una pasión amorosa, cuando fluye la inspiración, esos momentos son de éxtasis, son como orgásmicos. Y, además, mientras estás escribiendo, lo mismo que en la pasión amorosa, estás tan fuera de ti que eres inmortal, la muerte no existe mientras escribes. Al salirte de ti, te sales de tu muerte, que siempre te espera enroscada en la barriga. Así que, a todos los que escriben, que respeten ese deseo e intenten poner su vida al servicio de ese deseo. E, insisto, esto no les asegura nada. Hay muchísimos buenos escritores que no tienen éxito.

P. En realidad, siempre ha sido así, pero tal vez ahora la obligatoriedad del éxito comercial es casi un requerimiento.

R. Hay varias cosas que son tópicos absurdos, como por ejemplo decir que si alguien vende no puede ser bueno. Hay otro tópico que es igual de absurdo, que es que si vendes mucho tienes que ser bueno. Mentira las dos cosas. Hay épocas en la historia en donde predomina más una de las mentiras. Por ejemplo, yo me crie en una época en que se decía que si vendías mucho no podías ser bueno. Y ahora estamos en la contraria: basta con vender mucho para que todos los críticos te pongan de maravilla, es increíble (ríe), se ha perdido completamente el criterio. Vivimos, además, en un mundo donde no existe la gloria y existe la fama, que es lo peor; la fama es la calderilla de la gloria.

P. Ya lo dijo Rilke: «La fama, esa suma de malentendidos que se concentran alrededor de un hombre».

R. Qué maravilla, perfecta. Y ahora también de una mujer (ríe). La fama es una bazofia. Pero la gente tiene que tener muy claro que el éxito no es un lugar al que llegues y te instales, ni entres, ni habites, no es una posesión. El éxito no es más que un atributo de la mirada de los otros, y te lo dan y te lo quitan arbitrariamente y cuando les da la gana. O sea que verdaderamente hay que vivir fuera de eso.

P. Y no te define.

R. No te define en absoluto. Hay que vivir al margen de eso, hay que hacer un esfuerzo desde que empiezas a escribir, porque, además, puede alterar radicalmente tu escritura. Tú tienes que ir por un filo que es muy difícil, porque es un filo de autocrítica con lo que escribes y, al mismo tiempo, de confianza. Porque si eres demasiado autocrítico te vas a bloquear, y si no lo eres no vas a avanzar. Esa confianza de pensar que algún día vas a escribir un libro maravilloso para autores jóvenes es muy necesaria. Luego, llegas a un punto en tu vida en donde tienes que liberarte hasta de eso, de la necesidad de escribir un libro maravilloso, y lo que tienes que hacer es bailar con las palabras; yo ya que soy muy mayor estoy en eso.

Porque escribir es un oficio, a escribir se aprende escribiendo. Y, desde que empiezas, tienes que hacer una gimnasia mental tremenda para vivir al margen de esa presión, del ruido del mercado, del ruido de la calle, del ruido del mundo, porque si no ese ruido va a alterar tu carrera. Una cosa que hay que intentar, que es dificilísima, es no tener expectativas con respecto al libro que vas a publicar o tener las menos posibles. Estoy harta de ver cómo ese fracaso en las expectativas ha silenciado a escritores y, aún peor, les ha hecho perder el camino de la obra, porque han escrito el libro que creen que el mercado quiere o que creen que los críticos quieren, y eso es el final de un escritor.

P. Una de las cosas que distingue al periodismo de la literatura es que cuando escribes ficción nunca debes tener en mente al lector y, en cambio, en el periodismo no debes olvidarte de él.

R. Está clarísimo: en periodismo, el lector siempre está y en novela, no, en novela escribes para el lector que llevas dentro, intentas escribir el libro que te gustaría leer.

P. Para ir terminando, no quiero irme sin preguntarle por eso que algunos llaman guerra feminista intergeneracional.

R. No, pero no es una guerra intergeneracional, yo no la veo por ningún lado. Las que veo que están haciendo guerra son unas señoras muy mayores, cuatro, muy mayores, seguidas por algunas jóvenes. El feminismo no es una ideología. Una ideología es un sistema cerrado de pensamiento. El feminismo es un movimiento cultural, social, histórico gigantesco, que además está moviendo el mundo, cambiándolo. Está hecho desde muchos lugares distintos, desde muchas realidades distintas. Por eso hablamos de los feminismos. Lo que veo ahora mismo, que es una cosa además muy artificial que ha sucedido en este país y también impulsado por cosas políticas en el peor sentido de la palabra de lo político, es que hay una minoría que además cree que son ellas las que dan los carnés de feministas y, la verdad, yo eso no lo veo.

P. Sobre todo, es importante que volvamos a dialogar.

R. Por eso, los feminismos. Esto es un rugido de la humanidad cambiando una situación milenaria, y tenemos que hacerlo en conjunto y tenemos que debatir para encontrar esos caminos que nos están llevando ya a un mundo mejor. Pero si, además, somos mayoría, lo que pasa es que estas personas, que son minoría, chillan mucho y tienen poder político, algunas. Toda la gente intolerante suele chillar.

P. Que chillen no quiere decir que se las escuche.

R. Eso también es verdad. Y, de todas maneras, yo no quiero que queden excluidas. Lo que quiero es que dejen de chillarnos. Quiero que entren en los feminismos, ellas forman parte de los feminismos.

P. Hace unos meses, me dijo: Inés, no deje el periodismo.

R. Ah, sí, es que es esencial. Yo he visto a tanta gente perderse por eso… Porque no puedes vivir de la escritura creativa, porque la escritura creativa tiene que aspirar a ser lo más libre posible. No vas a poder vivir de eso, y ahora menos incluso que antes. Podría citar el nombre de dos escritores estupendos que han visto su carrera prácticamente destruida por hacer eso. De repente, se han visto obligados a sacar cada año o cada poco tiempo un libro que es un mal libro por un adelanto. Eran gente que tenía lectores, pero los lectores no son imbéciles y, tras leer un par de libros o tres que resulta que no eran lo que eran, han dejado de leerlos. Esta gente ha perdido lectores y luego editores y ya ni siquiera son publicados.

P. Pero es que, además, el periodismo y la literatura se llevan muy bien.

R. Se llevan fenomenal. Hay una cosa con la escritura de ficción, que es que es muy absorbente, te lleva mucho tiempo, y es verdad que es difícil compatibilizar, pero yo siempre he dicho que la historia de la literatura nos enseña que la inmensa mayoría de los libros se han escrito a las cinco de la mañana en la mesa de la cocina.

‘El peligro de estar cuerda’

Rosa Montero

Seix Barral

360 páginas

20,90 euros



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